Tormenta de nieve
No os imagináis lo que me pasó hace poco. Regresaba de un viaje en avión con ida y vuelta en el día y ya estaba deseando llegar. Tuve varias conexiones de vuelos y tomé diferentes transportes, pero ya estaba cerca del final: un par de horas de autobús y estaría en casa. Solo quedaba sentarse y dejarse llevar… o eso creía yo.
Había sido un día agotador, de esos que no puedes repetir a menudo por el bien de tu salud, pero que de vez en cuando surgen y no puedes decir que no. Acababa de bajar del avión y ya eran las once de la noche, pero parecía que ya solo quedaba lo más fácil del trayecto, cuando nos dijeron que el autobús había sido cancelado por el mal tiempo. En ese momento me invadió la rabia y, justo después, la incertidumbre -¿qué puedo hacer?-. Había varias opciones: la primera que se me ocurrió era quedarme en el propio aeropuerto hasta la mañana siguiente, esperando que el tiempo mejorase, y tomar el siguiente bus, pero no se podía hacer noche allí. Siguiente opción, intentar llegar a casa de otra forma. Por suerte, pude acoplarme con una pareja que tenía coche. Intentamos avanzar, pero pronto encontramos la carretera cortada. En ese punto nos dimos cuenta de que tendríamos que quedarnos toda la noche allí. Fue bastante complicado encontrar habitación por el número de viajeros que quedaron bloqueados, en especial para nosotros, que perdimos un tiempo muy valioso intentando conducir mientras el resto ocupaban los principales hoteles. Finalmente, encontramos un sitio donde descansar unas horas para retomar la marcha a la mañana siguiente. Ya eran casi las dos de la noche y mis dos compañeros de aventuras tenían que entrar a trabajar a las nueve, así que tuvimos que madrugar. Tampoco hace falta hacer muchas cuentas para saber que esa noche dormí más bien poco. Pero sí que hice otro tipo de cuentas mucho antes, unas veinticuatro horas para ser exactos, cuando mi viaje empezó, las cuales fueron sin duda un gran acierto. Suelo cambiar el catéter de mi bomba por la tarde, cada tres días, y el día del viaje era el último. Vi que aún tenía insulina extra en el reservorio como para llegar a casa sobre la medianoche del día siguiente y cambiarlo en casa, pero decidí cambiarlo antes de salir, “no fuera a pasar algo”, y vaya si pasó, pero os puedo asegurar que, pese a la rabia e incertidumbre del momento, estaba muy tranquilo, tenía el reservorio lleno y quedarme sin insulina no sería un problema.
Esta anécdota me sirve para dar un consejo, ser doblemente precavidos en temas de Diabetes cuando hay factores que no dependen de ti.
Un abrazo,
Guillermo.
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